La CMV, en el seno de la Iglesia, comprende y testimonia su carisma basando la “Comunión trinitaria” para la “Misión ad gentes” en el pilar de la Providencia. La Providencia es uno de los nombres de Dios en la Sagrada Escritura: “Abram llamó aquel lugar: ‘El Señor provee’”, recuerda el texto de Génesis 22,14, narrando la historia de Abram, llamado por Dios para ofrecer en sacrificio a su hijo Isaac en el monte Moria como signo de su amor incondicional a la voluntad del Señor. El ángel detiene la mano de Abram de cumplir el sacrificio y Dios pone ante él un carnero para la ofrenda del holocausto. Abram celebra aquel don del Señor con el nombre de “Providencia”.

Un Dios que ama primero

Oh Dios que nos amado primero, nosotros hablamos de ti como de un simple hecho histórico, como si solo una vez tú nos hubieses amado primero. Y sin embargo tú lo haces siempre. Muchas veces, cada vez, durante toda la vida, tú nos amas primero. Cuando nos despertamos en la mañana y dirigimos a ti nuestro pensamiento, tú eres el primero, tú nos has amado primero. Si me levanto al amanecer y dirijo a ti mi alma, en un mismo instante, tú ya me has precedido, me has amado primero”. Estas palabras del filósofo Søren Kierkegaard nos sumergen en el sentido profundo de la Providencia como en un abrazo de Dios padre-madre que ama siempre y ama primero, ¡siempre primero! ¡Cada día! Dios es providencia precisamente porque no espera que yo le pida algo: Él da todo, Él se da todo.

Gratuidad: ¡Amor “in”!

Esta es la experiencia más profunda que la humanidad en cuanto tal y la CMV, como Comunidad llamada y enviada a anunciar el amor de Dios a los pueblos, viven desde siempre. Dios nos ama con amor gratuito y eterno y ama como Padre, como Amigo, como Esposo fiel, como Persona viva en medio de nosotros. Él realmente se deja envolver en nuestra existencia, para introducirnos en su vida, desde ahora. Dios nos ha creado gratis y gratuito queda su don por cada uno de nosotros y por toda la humanidad. Es un amor in-falible, in-conmensurable, in-alcanzable, in-separable, in-vencible, in-olvidable, in-superable, in-descriptible… ¡Probar para creer!

Gratitud: ¡vivir “con”!

La gratuidad del Amor providente de Dios abre el mundo, la Iglesia, la CMV, cada hombre que lo quiere a la experiencia de la gratitud. El hombre que acoge el amor gratuito de Dios hace brotar dentro de sí, el “gracias”: ¡es la única respuesta plausible y posible! Vivir de Providencia y agradecer a Dios providente es aceptar “entrar” y “permanecer” en este Amor grande, es acoger que somos amados primero por un Amor que cuida de cada uno de nosotros más que de todos los lirios del campo y las aves del cielo (cf. Mateo 6,25-34). Vivir de Providencia es entrar en la gratitud, vivir “con” este Dios premuroso y permitirle hacer historia “con”-migo, “con” nosotros, “con” la CMV, “con” la Iglesia, “con” el mundo, “con” cada hombre… y volverse historia viviendo entre nosotros, ¡con nosotros! Vivir de Providencia es confiar totalmente en el misterio del amor de Dios, siendo “partner” responsables de Aquel que nos une a sí mismo y nos asume en su dedicación y entrega.

Gratis: ¡existir “para”!

“Gratuitamente han recibido, gratuitamente den” (Mateo 10,8), es la clara y directa invitación de Jesús a ser “providencia” nosotros para los demás, a compartir lo que hemos recibido gratuitamente y darnos “nosotros mismos de comer” (Marcos 6,37). Providencia significa “hablar” con nuestra vida del amor de Dios que nos mantiene en existencia y nos hace existir como auténtico tú de amor, ¡no solo destinatarios de su amor, sino también sujetos capaces de responder al don con la tarea! El Señor multiplica también hoy los  cinco panes y los dos peces, a partir de lo poco que muchos hermanos ponen en nuestras manos de misioneros, para saciar a los que se han reunido en su Nombre y a los cuales quiere revelarse. Nuestra existencia como CMV quiere ser vida donada, en las manos de Dios, “para” el mundo, para los demás, cualquier otro. En ese mundo, vivir de Providencia es vivir la Providencia, superando el umbral del miedo, para entrar en la confianza de que podemos ser don, podemos amar “gratis”. El don de sí, en efecto, consumado hasta el final en obediencia al Padre Providente, es la difícil pero liberadora respuesta de nuestra fe a nuestro miedo y al miedo del mundo. Vivir de Providencia es saber acoger todo de las manos de Dios Padre. Vivir de Providencia es saber acoger lo que Dios nos envía para nuestra vida y abrir las manos para re-ofrecer el “todo”. Recibir a Dios en cada hombre y recibir a cada hombre como Dios significa existir “para”. Por esto, vivir de Providencia necesariamente tiene que desembocar en el ser Providencia, como el ser amados debe desembocar, para ser auténtico y crecer, en el amar. 

Hijos de la Providencia, ¡hijos del gracias!

Vivir de Providencia y ser Providencia es, por tanto, hacer la elección de alabar y agradecer por todo. “¡Por tanto, hermanos míos queridos y muy deseados, mi gozo y mi corona, permanezcan firmes en el Señor así como han aprendido, queridos!... Alégrense en el Señor, siempre; se lo repito, alégrense (Flp 4,1.4-7). Todo es gracia, si por todo decimos ¡gracias! Agradecidos por el perdón que podemos dar y recibir; agradecidos porque somos amados y podemos amar. El gracias continuo y constante, también ante los momentos más difíciles de la vida personal, comunitaria, eclesial, mundial… es un signo de adhesión a la vida de la Providencia de cuyas generosas manos queremos aprender a acoger lo que es el bien y también lo que nos hace sufrir y que tendríamos la tentación de rechazar. Ser “hijos del gracias” significa estar en el corazón del Amor providente del Padre que hace concurrir todo al bien: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso las pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo, los peligros o la espada? Pero no; en todo eso saldremos triunfadores gracias a Aquel que nos amó. Yo sé que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales, ya sean del cielo o de los abismos, ni ninguna otra criatura podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rom 8,35-39).

de P. Antonio Perretta (misionero)