Nuestra fe nos hace mirar con misericordia la historia humana. Es una historia que reconocemos atravesada por el pecado y por las estructuras de pecado. Pero en ella reconocemos también la grandeza del actuar de Dios y la fuerza de un amor que llena el corazón de esperanza, de un amor que “ama hasta el extremo” (Jn 13,1). El mundo, entonces, y su realidad, está animado por algo que lo trasciende, más aún por Alguien. Esto nos impulsa a buscar los signos de la presencia de Dios, seguros de encontrarlos en cada cultura, pueblo y nación. A menudo esta Presencia está escondida en el mismo grito de los pobres y de la humanidad que continúa elevándose de un mundo marcado por guerras e injusticias, por ansias e inseguridades, por egoísmo y situaciones dramáticas: “ovejas sin pastor" (Mt 9,36).

Nosotros podemos mirar la realidad de modo diverso: nos lo enseña la fe en Cristo, salvador del mundo. En nosotros está la fuerza de un Dios que ha muerto y resucitado, que ha venido “para que todos tengan vida en abundancia” (cf. Jn 10,10).

En virtud de esto, Papa Francisco invita a todos a “una nueva etapa evangelizadora (EG 1). Frecuentemente él habla y, en la Evangelii Gaudium, escribe sobre una Iglesia totalmente misionera, de pastoral misionera, de ir hacia las periferias, hacia los últimos. Una Iglesia “en salida, con las puertas abiertas” (EG 46), “llamada a ser siempre la casa abierta del Padre” (EG 47).

No es el tiempo de soltar los remos, sino el tiempo del testimonio, de la generosa ofrenda de sí mismos: es el tiempo de la misionariedad; es el tiempo de la audacia y la valentía.

"La Iglesia peregrina es misionera por naturaleza, en cuanto ella se origina a partir de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el proyecto de Dios Padre" (AG, 2). La fe en Dios Trinidad hace a su Iglesia misionera. Una misionariedad que nace del corazón mismo de la Trinidad.

También el Documento final del 2º Congreso misionero nacional italiano (“El amor de Cristo nos impulsa”) pone en evidencia cómo la misionariedad nace y se desarrolla a partir de la fe en el Dios Trino: “El fuego de la misión se enciende cuando el Espíritu Santo transforma nuestros corazones…, cuando el Espíritu nos arrastra afuera de Jerusalén, hasta los confines del mundo (Hch 1,8)… Transforma al discípulo en misionero y… actualiza el evento histórico de Jesús… El encuentro con el Señor Jesucristo es decisivo… porque en él se manifiestan el amor y la misericordia como rasgo esencial del rostro de Dios, verdadero y auténtico Padre… el único Padre (en quien) todos los hombres son llamados a reconocerse hijos. Es de este amor universal que toda comunidad cristiana debe volverse testigo”.

Como CMV nos sentimos envueltos plenamente en la misionariedad de la Iglesia y, específicamente, en la misionariedad ad gentes ad extra. Es nuestra vocación, el don que el Señor nos ha dado y que nos pide como compromiso: “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1Cor 9,16). Donde nos encontremos, por vocación somos enviados a encarnar aquel Vayan a todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda creatura” (Mc 16,15) que el Señor Jesús ha dejado como mandato a sus discípulos. En este tiempo histórico y en las situaciones que llegan a nosotros, quisiéramos responder a este envío, buscando juntos cómo vivir nuestra vocación misionera, seguros de que la Gracia nos precede y nos acompaña. Nos sentimos sus deudores hacia la Iglesia universal y la Iglesia local. Como todo misionero, somos promotores de encuentro, de diálogo, de compartir, de solidaridad, de intercambio, llamados a “abrir el libro de la misión” (El amor de Cristo nos impulsa).

A la Iglesia local le recordamos siempre el “vayan” inherente al bautismo, porque nuestro horizonte será siempre los confines del mundo. Éstos no siempre y no solo se miden en kilómetros recorridos. Son las “periferias existenciales” de las cuales habla papa Francisco: “Cuando la Iglesia está encerrada, se enferma. La Iglesia debe salir hacia las periferias existenciales”. Nos lo ha recordado bien y confirmado también el IV Congreso misionero nacional italiano realizado en Roma el 2014. Precisamente a los participantes en el Congreso Papa Francisco les ha dirigido una invitación: “Les pido que se comprometan con pasión… Las diversas realidades que ustedes representan en la Iglesia italiana indican que el espíritu de la misión ad gentes debe volverse el espíritu de la misión de la Iglesia en el mundo: salir, escuchar el grito de los pobres y de los alejados, encontrar a todos y anunciar el gozo del Evangelio”.

Y como Iglesia hacemos nuestra “la opción preferencial por los pobres”. Una opción que no es exclusiva ni excluyente, pues el mensaje de la salvación está destinado a todos. Una opción, además, basada esencialmente en la Palabra de Dios (…).Una opción decidida e irrevocable” (Puebla, 1979).

Es el Señor mismo que renueva en nosotros la llamada al compromiso misionero. Nuestra respuesta nace de la respuesta que cada uno da a Dios, nace del ser Iglesia, del ser Comunidad. Sabemos, también por experiencia, que la misionariedad verdadera comienza a partir de todo esto. Queremos ser misioneros en comunión con Dios, con la Iglesia, con toda la Comunidad, sabiendo y experimentando que “La comunión representa la fuente y al mismo tiempo el fruto de la misión” (ChL 32). La comunión no es estar bien entre sí; la comunión nos abre a los demás. Es precisamente esto lo que nos hace experimentar que la misión nunca es solo dar y no es solo recibir. La misión es un intercambio de dones entre hermanos, entre Iglesias hermanas.

Hoy  más que nunca hay hambre y sed de todo esto. Podemos leer la realidad juzgándola como “difícil” para el anuncio del Evangelio o como llena de oportunidades para renovar el compromiso misionero. La cruz de Cristo, que cada misionero recibe en el envío, no deja dudas. Sí, con valor y humildad, como respuesta a la llamada del Señor, a ser Comunidad y Misión, “para que el mundo crea” (Jn 17,21).

De Raffaella Campana (misionera)

 

Para ulteriores profundizaciones:

"Una Chiesa per le periferie esistenziali": il Pontefice alla veglia di Pentecoste.

"Con papa Francesco, la missione ad gentes rinnova la Chiesa" di Piero Gheddo.