La dimensión comunitaria es fundamental en nuestra vida. Ser comunidad significa para nosotros ser diversidad de personas donadas a Dios que tienden a la comunión según el modelo trinitario, con el deber de traducirla en relaciones concretas, y haciendo de esta un compromiso específico personal y comunitario. (de los Estatutos de la CMV)

Muchos son los enfoques a los que se puede recurrir para hablar de comunidad: desde el semántico y etimológico, al sociológico, político, cultural, económico… En efecto, Comunidad es una palabra que pertenece al lenguaje corriente y también al lenguaje de muchas disciplinas, con significados técnicos de no fácil definición. Pero esta palabrita, que deriva del latín communitas, y que significa unión, participación, sociedad, vida civil, sociabilidad, afabilidad, tiene una particular similitud con el ámbito de la fe cristiana, y más aún podríamos decir que pertenece originalmente al léxico neotestamentario del cual ha sido tomada y aplicada a diversos campos, en los que se quisiera referir a un conjunto de personas reunidas por una causa común. Es precisamente desde la perspectiva cristiana que queremos explorarla en nuestra reflexión de hoy, y partiendo de un gesto muy sencillo y familiar en la vida de todo bautizado.  Aquí está: cada acto de la vida cristiana empieza y se concluye con el signo de la Cruz, en el cual marcando nuestro cuerpo (frente, pecho y hombros), invocamos sobre nosotros a las Tres personas divinas. En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo… El signo de la cruz es el símbolo de la Pasión y Muerte de Jesús, pero también y sobre todo un fortísimo símbolo trinitario. Con él ponemos bajo la protección del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo nuestros pensamientos y proyectos, nuestra capacidad de amar, nuestras fuerzas físicas. Con él afirmamos que la Trinidad es el origen y la meta de nuestra vida de creyentes. Más profundamente aún, reconocemos que Ella, por la revelación de Jesús, es también el modelo de nuestro “estar juntos” como creyentes, es decir como comunidad cristiana.

“… que todos sean uno…”

Jesús, en la víspera de su Pasión, dirigió al Padre la oración más importante de su vida. Entrando en diálogo íntimo y filial con Él, en presencia de los Doce, hace un pedido que revela no solo sus sentimientos hacia sus amigos, sino sobre todo abre una ventana a su vida íntima de Hijo enviado por el Padre: “… que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…” (Jn 17,21). Jesús implora al Padre el don por excelencia que puede hacer de los muchos que son diversos una comunidad: el don de la unidad, pero no una unidad cualquiera, abstracta, sino la que en el secreto trinitario une al Padre y al Hijo en el Espíritu. Esta oración es la cumbre de una revelación que Jesús ha comunicado progresivamente sobre el rostro de Dios: no un Dios lejano, solitario, juez severo, sino un Dios Padre que ha enviado al Hijo en la potencia de Su Espíritu para amar a los hombres, para revelarles Su rostro, un Dios que llama al hombre a la amistad consigo, un Dios Familia unido en el amor que se propone a los hombres como modelo de toda convivencia. En esta oración, por tanto, el Cristo revela que el mismo Dios es una comunidad y que esa comunidad es el modelo inspirador de toda colectividad de hombres reunidos en su nombre. Esta es la esencia del cristianismo, del mensaje evangélico: hacer comunidad, ser comunidad. Y más aún: no hay otro modo de ser cristianos sino en comunidad.

Es la oración del Hijo al Padre, en el momento que este Hijo se dispone a donar su vida por nuestra salvación. El Padre no puede no haberla escuchado, acogido, concedido. Esto significa que la vida del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo, su perfecta unidad es también para nosotros, está en nuestras manos, a nuestro alcance. ¿Qué tenemos que hacer para que se vuelva real, concreta en nuestras comunidades cristianas? Ante todo creer en la fuerza de la oración de Jesús y luego descubrir los caminos de encarnación de la vida trinitaria en la vida de los creyentes. Solo viviendo la vida trinitaria podrá existir verdadera comunidad. La vida trinitaria, por tanto, es para nosotros, es ya nuestra, pero no “acontece” sin nuestro SÍ. Hay exigencias, pasos que es necesario dar, actitudes por asumir, elecciones por hacer. En otras palabras, la comunidad no se construye sin nuestra activa y efectiva colaboración.

Para individuar al menos algunos pasos, recurrimos a la Palabra de Dios. Lo hacemos a partir de un breve fragmento de la carta de Pablo a los Filipenses, es decir a los creyentes en Cristo Jesús, llamados a vivir la vida cristiana como vida comunitaria a imagen de la Trinidad: “Colmen mi alegría poniéndose de acuerdo, estando unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo.  No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por los demás. Tengan unos con otros los mismos sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús…” (Flp 2,2-5).

Colmen mi alegría

Pablo, como portavoz de Dios, hace un pedido a los Filipenses: colmen mi alegría. Habla a la comunidad que ha fundado, de la cual se siente responsable y padre. Es como si este pedido llegara a nosotros por parte de nuestros Pastores, del Santo Padre, de aquellos que son nuestros intermediarios en el camino hacia Dios. A través de Pablo, a través de sus ministros, es Dios que habla y manifiesta Su deseo para nosotros los creyentes. Nos es fácil comprender este “sentimiento” de Dios si pensamos en la relación con las personas más queridas. ¿Quién de nosotros no desea que aquellos que amamos nos den alegría y no disgusto? ¿Satisfacción y no desilusiones? ¿Y quién de nosotros, si ama realmente, no desea con todo de sí mismo dar gozo a los demás? ¿Y cuál es el gozo de Dios? ¿Cómo podemos hacer que se vuelva pleno? permaneciendo unidos

Ésta es la respuesta: lo que da gozo a Dios es permanecer unidos, es decir el ser uno, la unidad entre nosotros. El gozo de Dios es que vivamos entre nosotros, en la familia, en la parroquia, con los vecinos, en el trabajo… la vida trinitaria. Entonces, ¿cómo hacer concreta la vida trinitaria? Pablo es muy explícito. Podemos enumerar en este texto 3 indicaciones precisas y concretas, al alcance de todos.

1. Estando unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto

Podemos observar que aquí Pablo se refiere a las 3 dimensiones fundamentales del hombre (afectiva, espiritual, intelectual). El llamado a la unidad se refiere a todo el hombre, a toda la persona. La llamada al mismo amor y a la misma alma nos remite al más clásico texto neotestamentario sobre la vida de la comunidad cristiana: La multitud de los que se habían vuelto creyentes tenía un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32): es decir la descripción de un número considerable de personas que, superando todas las tensiones normalmente ligadas a la diversidad de cultura, educación, temperamento, siente al unísono, desea las mismas cosas, se compromete por el mismo ideal, y sobre todo cree en el mismo Dios. Donde un solo corazón y una sola alma, o, el mismo amor, una misma alma, es la traducción humana de la oración de Jesús: Padre, que todos sean uno, como nosotros; es la vida divina encarnada en la realidad del mundo y del hombre; es la comunión trinitaria que entra en la historia y se hace visible en la comunidad. En la vida concreta nosotros constatamos que somos muy diferentes: por temperamento, por gustos, por cultura, por educación… y que esta diversidad muchas veces es motivo de fricción, de separación, de rivalidades, de antipatías. El secreto para alcanzar tal unidad en la diversidad es la acogida recíproca. Es una tensión a acoger al otro en su peculiaridad, no exigir que sea igual a mí, permitirle existir así como es, acoger su diferencia no como una amenaza, sino como un “don”. Tal acogida en el amor no elimina las diferencias y no las hace irrelevantes; al contrario, da consistencia a la forma particular de vida de cada uno, la vuelve válida e insustituible. Si yo te amo, quiero que tú existas como ‘tú’, no como una réplica de lo que yo soy; deseo que tus cualidades sean respetadas, valorizadas, enriquecidas. Del mismo modo el hecho de ser muchos, cada uno con sus características, no crea separación, extrañeza o, peor aún, oposición. Precisamente el descubrimiento de la diversidad hace comprender la necesidad que tenemos de los demás y hace percibir que la comunión con los demás no comporta una pérdida sino un enriquecimiento. Ésta es la ley fundamental de la Iglesia.

2. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo.

Éste es un segundo paso, muy concreto y ligado al primero. No basta solo acoger la diversidad, es necesario también considerar aquella alteridad como superior a uno mismo. O sea, mirar al otro con estima, eliminando toda forma de competición, de envidia, de sentido de superioridad; en otras palabras valorizar el bien que está presente en el otro. Pero nosotros vemos que nuestro hermano, nuestro vecino, se equivoca, peca, está lleno de defectos. Valorizar no es ignorar ingenuamente los errores y los límites, sino mantener una mirada positiva hacia el otro no obstante sus deficiencias. Valorizar es saber perdonar el mal. Es tener la certeza que el otro no es su pecado, sino ante todo es una creatura amada por Dios y digna de ser amada. Podemos aprender un sencillo y eficaz ejercicio en nuestras relaciones: todas las veces que sucede un “incidente relacional”, una incomprensión, una equivocación, acostumbrémonos a poner ese mal del otro entre paréntesis, considerándolo como accidental y no esencial. Así sabremos perdonar con generosidad. Y es necesario también recordar siempre que nosotros mismos pecamos y tenemos necesidad del perdón del otro, de la familia, de los amigos, de los colegas, de la comunidad. Esto nos facilita enormemente para dar el paso que nos pide Pablo.

3. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por los demás. Tengan unos con otros los mismos sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús…

He aquí una tercera actitud muy concreta que deriva de las otras dos y es su lógica consecuencia, según la óptica del Evangelio. No basta solo con acoger, no basta solamente con perdonar, es necesario también buscar activamente el bien, el interés del otro, la vida para el otro. Instintivamente cada uno de nosotros se inclina a buscar sus propios intereses, a pensar en sí mismo, en su fama, en su éxito, en su comodidad, en su seguridad… y así sucesivamente. ¡Qué revolución propone esta palabra! La verdadera unidad es posible donde hay alguien que no busca su primacía, que sale de su cápsula de seguridad y presunción para buscar los intereses de los demás. Es una mentalidad totalmente contraria a la del mundo, a la de las instituciones políticas, a la de nuestros ambientes de trabajo… y podríamos multiplicar los ejemplos para llegar hasta nuestra familia, nuestro vecindario, e incluso a nuestros grupos parroquiales… Buscar los intereses de los demás es buscar su bien y, aún más, por su bien estar dispuestos a darnos a nosotros mismos, a “morir” a nuestro yo, a dar la vida concretamente. Un  pequeño gran ejemplo: En una de nuestras misiones, en Brasil, hemos conocido a Estrella, una joven viuda, con un pequeño hijo y mucha dificultad para salir adelante con su modesto sueldo de secretaria. Recibe la oferta de un trabajo mejor retribuido. Le sería muy cómodo, pero tiene bien presente que una amiga, abandonada por su marido con 2 hijos, no tiene trabajo. Valientemente, Estrella le da a la empresa que la quiere contratar el nombre de esta otra persona para que reciba aquel puesto y así pueda atender mejor a las necesidades de sus hijos.

Acoger, perdonar, dar la vida

Es tener en nosotros los mismos sentimientos de Jesucristo. Éramos pecadores, necesitados de salvación y ¿qué hizo Cristo? Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los ama hasta el extremo, dona la vida por ellos. El servicio que los discípulos tendrán que prestarse recíprocamente es el mismo: “En esto hemos conocido el amor: él ha dado su vida por nosotros; también nosotros tenemos que dar la vida por los hermanos” (1Jn 3,16). Así, con una lógica apremiante, escribe san Juan en su primera carta. Jesús ha dado su vida por nosotros; por tanto nuestra vida viene de él, tiene una forma similar a la suya; ya no podemos vivir simplemente para nosotros mismos, tenemos que vivir para Él y, por tanto, para todos aquellos que Él ama. Podemos resumir este breve camino con 3 verbos: acoger, perdonar, dar la vida. Son tres pasos muy concretos para responder al llamado de Dios, colmen mi alegría, y a su proyecto sobre nosotros: sean uno. Pero, en la lógica de Dios, para que su alegría sea completa, esta tensión a la unidad tiene que abrirse de par en par cada vez más allá de nuestro pequeño mundo familiar, parroquial, diocesano, nacional… Tal comunidad es realmente alegría de Dios, cuando es también misionera, es decir proyectada hacia los extremos confines de la tierra, para dar a conocer a todos este proyecto de amor: sean uno. Solo así la alegría de Dios será perfecta. Dicho de otra manera, la vida íntima de la comunidad que hace de ella un bosquejo de nueva humanidad, fundada en la ley del Evangelio, no puede estar encerrada en sí misma. Se abre hacia el exterior bajo el signo del testimonio y en su mismo existir se vuelve signo y anuncio silenciosos de la vida de Dios, primer anuncio al cual pueden seguir la palabra y las obras, pero sin el cual obras y palabras serían vanas y sin fundamento. Jesús lo había dicho: de esto todos sabrán que son mis discípulos: si se aman unos a otros (Jn 13,35). El amor recíproco y la comunión que deriva de él se vuelven así el signo distintivo de la comunidad cristiana y el germen de su crecimiento por irradiación. Es ésta la vida inspirada en el Evangelio que la CMV se propone vivir, haciendo de ella su ideal, su compromiso, el contenido de su anuncio: ser comunidad, según el modelo trinitario, para la misión, hacer misión, anunciando la Trinidad, a partir de la vida en comunidad. A esto se siente llamada con una vocación específica, a volverse signo palpable de este dinamismo entre cielo y tierra. Y en la oración sacerdotal del Hijo Jesús, en la víspera de su pasión, encuentra el sentido de su propia vocación y la fuerza para vivirla cada día, levantándose después de cada dificultad y caída, con la mirada continuamente dirigida al horizonte del mundo.

De Marila Onida (misionera)