Llamados a la Vida Trinitaria
Vida trinitaria: realización de la persona
El hombre en el día de hoy quiere ser siempre menos objeto manipulado y tiende a ser siempre el sujeto de sus decisiones personales y colectivas. Se advierte la necesidad de dar una nueva mirada sobre las relaciones que esta creatura, elevada a la altura de hijo de Dios, establece con los valores, con el mundo, con los demás hombres y con Dios. Se siente la necesidad de definirla como "persona" y no tan sólo como "individuo".
Superada la antigua concepción que veía al hombre como una entidad incapaz de comunicar, preso en su soledad, y superada la posición de la cultura moderna que lo exalta como sujeto autosuficiente, encerrado y satisfecho de sí mismo, el hombre, en cuanto persona, se constituye como identidad que se hace y se perfecciona a partir de la relación con el otro. El se percibe, sobre todo y ante todo, en y para sus lazos con Dios Trinidad quien descubre como origen, regazo y meta.
El hombre "se hace" persona en la dirección de la apertura (movimiento activo de amor) y se queda tan sólo individuo, cuando "se deja hacer" por miles de condicionamientos en la dirección de la clausura (movimiento pasivo de egoismo). Solamente en la relación con el otro, en el amor, dándose, el ser propio de la persona se realiza y se cumple. La persona encuentra su ser completo, y entonces la verdadera felicidad, olvidándose y sacrificándose para promover la perfección de los demás y entiende de no poderse realizar estando solo.[1] En el acto de salir de sí mismo descubre también el ser "persona" del otro, intuye pues de poder vivir con él una comunión recíproca, efectiva y profunda, en el mutuo don de lo que uno tiene y de lo que uno es.
"La verdad más profunda del hombre es su relación con los demás (...). El hombre entiende su propio misterio encontrándose con el otro y entablando con él relaciones interpersonales"[2].
El otro desempeña una función conocedora y formadora de la persona: "Del momento que yo respondo como don, yo me ofrezco y sólo de esta manera me vuelvo conciente y capaz de vivir, de vivir en diálogo (...). Me vuelvo 'yo', pero solamente porque tú estas aquí, porque me refiero a ti (...). Y cuanto más sé de entregarme a tí, tanto más estoy conciente de mi persona"[3].
La persona es percibida como ser en diálogo, como relación, tanto con Dios cuanto con el hombre: la realidad de Dios y aquella del hombre se iluminan recíprocamente, esto es el misterio pascual - como diremos - que nos manifestará la íntima estructúra de esta relación.
También la teología en diálogo con la cultúra, trata de comprender, bajo una nueva visión, el misterio de Dios. Las Tres Personas divinas, miradas generalmente en su esencia, como sujetos absolutos, perfectos, inmutables, son ahora entendidas más profundamente como realidad dinámica, como ser para-con-en el otro. Se habla de Dios-Amistad, de Dios-Comunión, de Dios-familia, de Dios-Comunidad, etc.: expresiones que tratan de ir más allá de un modelo cerrado y estático de Dios. La teología trinitaria habla de pericóresis,[4] de relación.
Nace una nueva comprensión del amor, en la cual el centro de gravedad se traslada desde sí al otro, originando un movimiento que es el mismo ritmo del ser: el ritmo del amor, del dar y del darse. lo que marca eternamente la vida de las Personas divinas.
El Padre, en fuerza de su amor, subsiste enteramente en el Hijo; el Hijo, en fuerza de su entrega, subsiste enteramente en el Padre; ambos subsisten en el Espíritu, como el Espíritu subsiste en el Uno y en el Otro. El Espíritu revela el don del Padre y del Hijo que es él mismo.
"En la Trinidad cada Persona es
en cuanto es relación,
en cuanto vive totalmente para las Demás,
en cuanto sale de sí misma
para brindarse totalmente a las Demás.
Perfección infinita
e infinito 'renunciar'
a la autónoma posesión de sí mismo
para entregarse a los Demás, coinciden".[5]
Cada persona es condición de la revelación del Otro en un dinamismo infinito de amor, de recíproca comunión. Lo que ímplica aceptar que las Tres personas divinas sean originariamente simultáneas y coexistan eternamente en comunión y compenetración. Cada una de las Tres Personas" sin principio "se revela simultáneamente y originariamente hacia la Otra, en un coexistir en comunión. Lo que la tradición teológica define no-nacimiento, generación y espiración es, en esta nueva visión pericoretica, un acto tri-único de recíproco reconocimiento y de mutua revelación, con la participación simultánea de las Personas divinas. Cada una es distinta de la Otra por sus notas (características) personales, por las relaciones de comunión propias que desde siempre establece con las Otras. Es este eterno juego de amor, indispensable, lo que permite la existencia de los Tres, lo que revela cada persona a sí misma y a las Otras. Si, por un absurdo, una de las Personas divinas renunciara a "jugar", no sólo comprometería la existencia del Otro, sino también la suya. Es así que el Padre no puede ser tal sino en el engendrar al Hijo; si dejara de engendrar al Hijo renunciaría a su ser Padre. Cada persona es lo que es por su esencial, intrínseca e irrenunciable comunión.
También en la contemplación del Misterio Trinitario, eterna comunidad de Amor, el ser Persona y el ser relación se contienen en un lazo recíproco: en Dios no se da Persona sin relación, pero tampoco relación sin Persona. Persona y relación se encuentran en una relación genética: surgen juntas y al mismo tiempo. El constituirse de las Personas y su manifestación a través de las relaciones otra cosa no son que dos aspectos de la misma realidad. Cada Persona divina es en cuanto existe con las Otras, a través de las Otras, en las Otras y para las Otras. Las Personas no existen tan sólo en sus relaciones, sino que se realizan también en fuerza del amor que tienen la Una para las Otras y que las hace una sola cosa en un proceso de perfecta empatía.
Es en esta mutua relación que las Personas divinas se revelan, se reconocen y, reconociéndose por lo que cada uno es, acogen las recíprocas diferencias. Sus diferencias, recibidas amablemente, son la condición de su comunión y de su unidad. En realidad lo que distingue el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en la pericóresis, se vuelve lo que eternamente los une. El Amor eterno, que los invade y constituye, los une en una energía vital infinita y completa que entre ellos establece la unidad.
Esta unidad no significa negación de las diferencias, sino que expresa la comunión y la compenetración de todas las diferencias entre ellas: ellas son distinguidas para unirse, se unen no para confundirse, sino para que Una pueda contener la Otra.
Distinción y unidad crecen en proporción directa y no al contrario: más crece la unidad, más crece la autonomía, y viceversa; solamente a través y en la unidad del amor es posible realizar una verdadera distinción
El Amor eterno es distinción y esto porque el Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Padre, y el Espíritu es otro del Padre y del Hijo. El Padre está totalmente en el Hijo y el Hijo está totalmente en el Padre. El Hijo realiza toda expectativa del Padre, brindando una respuesta que supera toda espera., que engendra maravilla, encanto, nuevo amor; en efecto, entre las Personas divinas, el infinito del ser ofrece siempre nueva materia al infinito del conocer. El Padre y el Hijo, vaciándose el Uno en el Otro, se encuentran unidos y distinguidos en el Espíritu, el Tercero entre ellos, unidos a ellos y a la vez distinguido de ellos: es el Espíritu que sella la unidad, mientras declara la distinción.
Como vínculo personal de unidad entre el Padre y el Hijo, el Espíritu es el amor donado por el Padre y recibido por el Hijo; distinto del Hijo porque don del Padre, uno con ellos porque amor dado y recibido en la unidad del proceso del Amor eterno.
Nigro define la pericóresis trinitaria un proceso de amor "absoluto" y a la vez "abierto", porque "trinitario", es decir realizado y abierto en el Espíritu. Es en el Espíritu y por el Espíritu, pues, que el Uno y el Otro (el Padre y el Hijo) son unidos y son distintos co-originariamente y son, al mismo tiempo, "abiertos" a la multiplicidad de las personas creadas.
La comunión entre el Padre y el Hijo en el Espíritu es éxtasis siempre abierta, es decir oblativa y acogedora que, mientras une, nunca se cierra en la lógica excluyente de la posesividad, que es la lógica del anti-espíritu.
"Los Tres en una reciprocidad ininterrumpida, cada uno único y al mismo tiempo implicante los Demás Dos, sin confusión, representan la perfección de la existencia y de la relación"[6]. En el seno de Ellos el Tercero, el Espíritu Santo, asegura la comunión gozosa de los demás Dos, hace que sea imposible una relación impersonal en Dios, como también hace que sea imposible tal relación entre los hombres.
El hace que los Dos sean uno sin confusión y sin separarse totalmente.
"La Tercera Persona significa el orientamento de la Primera hacia la Segunda, como también el orientamento diferente de la Segunda hacia la Primera. Si, engendrando al Hijo, el Padre pone delante de El, en lugar de la nada, una Persona que es su igual, haciendo proceder de sí al Espíritu Santo, El no pone a nadie en lugar de la nada, sino alguien a través del cual El se orienta hacia el Hijo, pues hacia una Persona que existe. Y, por medio de esta Tercera Persona, no es tan sólo el gozo del Primero hacia el Segundo que se manifiesta, sino también el gozo del Segundo hacia el Primero, porque Éste es el principio único que hace existir todo lo que existe. Sin embargo el Tercero no es tan sólo un signo del gozo del Padre hacia el Hijo. Un gozo no participado no sería un verdadero gozo. El Tercero permite al Hijo de transformar el gozo recibido por el Padre en gozo hacia el Padre. Y no es tan sólo un gozo peculiar del Padre y del Hijo, ella pertenece también al Espíritu Santo, quien lleva este gozo del Uno al Otro (...). Un gozo que si fuera impersonal dejaría a las demás dos aún separadas. El gozo perfecto entre Dos exige la presencia de un Tercero, que supera toda preocupación de sí y permite a los demás dos de superar, no solamente la separación solitaria, sino la dualidad cerrada".[7]
La existencia humana es como un libre "brotar" en la historia, de este éxtasis intratrinitario, que los hombres son llamados a "ensanchar" - en su dimensión histórica - participando en Cristo a la efusión del Espíritu recíprocamente recibido, donado y compartido: viviendo el amor no de manera "dual" sino "trinitario", no exclusivo, sino siempre abierto a una creciente multiplicidad.[8]
[1] Cf. GS, 24: EV: 1/1393-1395.
[2] GEVAERT J., Antropologia e catechesi, LDC, Torino-Leumann 1982.
[3] SCHUTZ C. - SARACH R., L'uomo come persona, en Mysterium Salutis, 4, Queriniana, Brescia 1970.
[4] Con esta expresión griega pericóresis, traducida en el latín medioeval con circumincessio o circuminsessio, se quiere resumir lo esencial de la Unidad Trinitaria, como también de la unidad de las naturalezas en Jesús-hombre-Dios, expresando la íntima y perfecta inhabitación de una Persona en la Otra.
El origen, en campo trinitario, del término pericóresis es incierto. Parece haber sido el Pseudo Cirilo (siglo IV) el primero que ha dado a éste término un sentido trinitario que indica la recíproca relación de una Persona en la Otra.
San Juan Damasceno (siglo VIII) lo asume y lo transforma en instrumento teórico para designar el circuito de la vida eterna divina, insistiendo sobre la morada y residencia de las hipóstasis la Una en la Otra, reafirmando así de un punto de vista más personalístico la doctrina fundamental del monoteímo cristiano.
La tradición cristiana, combatiendo el arrianismo, el tríteismo y el modalismo, afirma la consubstancialidad de las Tres Personas divinas. Para explicar esta unidad de naturaleza el Concilio de Florencia (1441) deduce con razón que "El Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo y el Espíritu Santo todo en el Padre y en el Hijo. Ninguno precede al otro en eternidad, ni lo supera en grandeza, ni en potestad" (DS, 1331).
Ya el Concilio de Toledo (675) había afirmado: "No se puede pensar que las Tres Personas divinas puedan ser separadas, porque no hay que creer que haya existido o haya actuado Una antes de la Otra, en cuanto ellas son inseparables sea en lo que son, sea en lo que hacen" (DS, 531).
S. Buenaventura traduce la pericóresis del Damasceno con circumincessio, Santo Tomás prefiere usar circuminsessio. Este uso doble de la palabra deriva del doble sentido de pericóresis:
- un primer sentido de pericóresis es: uno contiene al otro; inhabitar, morar el uno en el otro, ser uno en el otro. Se trata de una situación de hecho, estática. Los latinos traducieron esta manera de entender con circumcessio que deriva de sentare-sessio, que significa tener sitio. Aplicado al misterio de la Comunión Trinitaria el termino indica: una Persona está adentro de la Otra, envuelve a la Otra por todos lados (circum), ocupa el mismo espacio de la Otra llenandola con su presencia;
- el segundo significado es activo y quiere decir: interpenetración y entrelazamiento de una Persona en la otra y con la Otra. Esta comprensión quiere expresar el proceso de relación viva y eterna que las Personas divinas poseen intrínsecamente, haciendo que cada una compenetre siempre a la Otra. Este sentido fue traducido en latín concircumincessio derivado de "incedere" que significa empapar, compenetrar e interpenetrar.
En la diferente tradución se expresa una vez más la diferencia entre la impostación griega y la impostación latina, pero también entre las dos diferentes corrientes presentes en la misma doctrina trinitaria latina.
Los griegos parten de la hipóstasis y entienden la pericóresis como compenetración activa, como el vínculo que une a las Personas. Los teólogos latinos, en cambio, parten en general de la unidad de la sustancia. Aquí la pericóresis ya no es movimiento, más bien la paz en Dios.
Tomás busca una sintesis y funda la pericóresis sea sobre la única unidad substancial, como también sobre relaciones originales. El subraya que hay una doble unidad entre Padre e Hijo, de esencia y de amor, y en fuerza de esto el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Esta unidad de amor personal es la unidad que origina al Espíritu. Con este expediente Tomás recobra, sin mencionarla, la circumincessio como interpenetración o intersujetividad interna al divino.
Circuminsessio es inseparablemente circumincessio; nunca un 'en', sin un 'a', en las recíprocas relaciones entre las personas divinas.
El concepto de pericóresis indica la inhabitación, la interpenetración, el entrelazamiento dinámico, la relación entre las Tres Personas divinas y encuentra su fundamento bíblico en el Evangelio de Juan. Se puede confrontar: Jn 1,2; 1,18; 14,9-10; 7,21; (El Padre y yo somos una cosa sola" (10,30); "El Padre está en mí y yo en el Padre" (10,38; 14,11); "Para que todos sean una cosa sola como tú estás en mí y yo en tí" (17,21).
[5] Constituciones CMV, art. 28.
[6] STANILOAE D., la Preghiera di Gesù e lo Spirito Santo. Meditaciones teológicas, Città Nuova, Roma 1988.
[7] Ibidem
[8] Cf. NIGRO C., Prefación a CODA P., Evento pasquale, Città Nuova, Roma 1984.















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